▷▷▷ MELBOURNE MARATHON 【 2026 】
MELBOURNE MARATHON 【 2026 】
MELBOURNE, UNA CIUDAD QUE CRECIÓ A TODA VELOCIDAD
Antes de ponerme a contar kilómetros, quiero situar la ciudad en la que voy a correr. Melbourne no empieza con sus rascacielos ni con la llegada de los europeos. El territorio ya pertenecía a los pueblos de la nación Kulin, y el río Birrarung, conocido como Yarra, formaba parte de una historia mucho más antigua. En 1835 se estableció el asentamiento colonial en su orilla norte. Aquella expansión también trajo el despojo de las comunidades indígenas; no quiero separar la historia de la ciudad de quienes ya vivían allí.
La forma del centro empezó a definirse en 1837, cuando Robert Hoddle trazó su cuadrícula de calles amplias y callejuelas más estrechas. Me sirve como primera clave para leer el plano: detrás del tráfico y de los edificios actuales sigue apareciendo aquella organización de una población que todavía era pequeña. Su nombre homenajeaba al primer ministro británico William Lamb, vizconde de Melbourne.
El cambio de escala llegó con el oro. A partir de 1851, los hallazgos de Victoria, entre ellos los de Ballarat y Bendigo, atrajeron a miles de personas que buscaban fortuna. Melbourne recibió parte de aquella riqueza y del movimiento de mercancías, trabajadores y comerciantes. No era sólo una carrera hacia las minas: también cambiaba el tamaño y la economía de la ciudad que daba entrada a ese mundo.
La expresión «Marvellous Melbourne» resume bien la ambición de los años 1880. Los tranvías de cable transportaban multitudes, Collins Street era lugar de paseo y escaparate social, y las exposiciones internacionales de 1880–1881 y 1888 mostraban la voluntad de competir con las grandes capitales. Después llegó el estallido de la burbuja inmobiliaria y una etapa de dificultades. Ese contraste también forma parte de su historia: la ciudad monumental conserva la memoria de sus excesos.
En 1901 llegó otro momento decisivo. La inauguración del primer Parlamento federal tuvo lugar en el Exhibition Building; después, los parlamentarios se instalaron en el Parlamento de Victoria. Melbourne fue la sede provisional de las instituciones nacionales hasta que el Parlamento se trasladó a Canberra en 1927. El edificio que había servido para presentar la ciudad al mundo volvió así a protagonizar un cambio de época.
Con ese recorrido histórico, Melbourne deja de ser una colección de lugares sueltos. El río, la cuadrícula, los edificios del auge del oro y el legado deportivo permiten unir muchas capas de una misma ciudad. Antes de contar mi viaje y los 42,195 kilómetros que me trajeron hasta aquí, todavía queda una página deportiva imprescindible: los Juegos de 1956.
MELBOURNE 1956: UN ESTADIO CON MEMORIA
Antes de entrar en mi maratón, quiero detenerme en el estadio donde iba a terminar. El Melbourne Cricket Ground fue escenario de los primeros Juegos Olímpicos del hemisferio sur, celebrados del 22 de noviembre al 8 de diciembre de 1956. Ron Clarke encendió el pebetero. Otros recintos, como Olympic Park, acogieron competiciones, entre ellas partidos de fútbol. Setenta años después, yo iba a entrar allí con unas pretensiones bastante más modestas, pero con la misma distancia olímpica por delante.
El 1 de diciembre, Alain Mimoun ganó el maratón para Francia en 2:25:00, seguido por Franjo Mihalić y Veikko Karvonen. Emil Zátopek fue sexto. No hubo ganadora femenina: las mujeres no pudieron disputar el maratón olímpico hasta Los Ángeles 1984. Es una ausencia que merece recordarse cuando hablamos de aquella historia.
En natación, Murray Rose consiguió tres oros: 400 y 1.500 metros libres y el relevo 4 × 200. Fue el primer nadador en 36 años en ganar ambas pruebas individuales en una misma edición. Los Juegos tuvieron además una peculiaridad: la competición ecuestre se celebró meses antes en Estocolmo, por las restricciones australianas de cuarentena para los caballos.
Me quedo también con el cambio que propuso el joven John Ian Wing para la clausura: que los deportistas desfilaran juntos, sin separarse por países. El MCG quedaba ligado a esa memoria colectiva. Ese era el escenario histórico al que llegaba mi propio maratón.
DÍA 1 — AL OTRO LADO DEL MUNDO
Melbourne no iba a ser un maratón más. Llegaba con 16 semanas de preparación, 726 kilómetros y un plan con calidad, rodajes y tiradas largas. Incluso había hecho por primera vez las míticas veinte millas, unos 32 kilómetros. Después del 4:25 de Malta, creía que podía bajar de 3:40. Y llevaba una ilusión más ambiciosa: intentar el 3:30.
Arranqué desde Ribadeo rumbo al aeropuerto de Asturias. Después venían Madrid, más de doce horas hasta Hong Kong, otra escala y nueve horas hacia Melbourne. Un viaje largo de verdad. En Madrid tocó tren a la terminal satélite y resolver las tarjetas de embarque; era mi primera vez con Cathay Pacific y todavía quedaba mucho asiento por delante.
Las salas VIP marcaron la diferencia. Poder comer, descansar y esperar tranquilo gracias a mi nueva tarjeta de Iberia hizo las escalas bastante más llevaderas. Suelo dormir en los aviones; esta vez también pude hacerlo, aunque a ratos y pendiente de la espalda. En Hong Kong ya bromeaba con mi tercer desayuno y con los amaneceres que llevaba acumulados.
Después de unas 34 horas pisé Australia por primera vez. Cansado, sí, pero mejor de lo que esperaba. Cogí el SkyBus y llegué al Oaks Melbourne on Collins Suites cerca de medianoche del miércoles. Ya no había más visitas: ducha, cama y descanso. La ciudad tendría que esperar hasta la mañana siguiente.
DÍA 2 — MELBOURNE DESDE LA CALLE Y DESDE EL CIELO
Amanecí en el Oaks, con Melbourne al otro lado de la ventana. Tocaba salir a conocer la ciudad.
Estrené mi guía de viaje con un café en Collins Street. Antes organizaba las visitas en el calendario; ahora llevaba el recorrido en mi propia aplicación, combinando paseos y transporte para reservar piernas para el domingo.
Pasé por Royal Arcade, con su reloj de Gog y Magog, y recorrí Chinatown antes de llegar a la biblioteca.
La State Library Victoria fue una maravilla: su sala de lectura bajo la cúpula merece contemplarse desde arriba. Recorrí también sus exposiciones.
Después entré en Old Melbourne Gaol: tres niveles de celdas y la historia de presos como Ned Kelly, aquel forajido convertido en una figura tan discutida como conocida de Australia.
Tras la cárcel hice una primera visita a Queen Victoria Market. Volvería antes de regresar a casa.
El tranvía, gratuito dentro de la Free Tram Zone, me acercó a Marvel Stadium. No hice la visita interior; recorrí sus alrededores y continué por Docklands, entre barcos y edificios junto al agua. Otra cara de Melbourne, muy distinta de las celdas de la mañana.
De vuelta al centro pasé por Federation Square y los callejones: Hosier Lane y sus murales, y AC/DC Lane con su homenaje al grupo. Después tocaba subir a Melbourne Skydeck, en la planta 88 de Eureka Tower.
Me quedé para ver la ciudad de día, al atardecer y ya iluminada. También probé The Edge: salir dentro de una caja de cristal y descubrir el vacío bajo los pies fue un espectáculo. La experiencia de realidad virtual completó la visita con un vuelo por distintos rincones de Melbourne. Después, las luces de Southbank junto al Yarra, cena y hotel. Primer día completo y ya parecía que llevaba varios.
DÍA 3 — EXPO
A las seis estaba despierto. Salí a correr ocho kilómetros por el Yarra, cruzando sus puentes y disfrutando de las dos orillas: quería conocer corriendo ese centro que el maratón no recorría de la misma manera.
Después dejé el Oaks y me instalé en Avani Melbourne Jazz Corner Residences. Había organizado dos estancias para avanzar de categoría en el programa de Minor Hotels. Hablando con recepción acabé en una habitación espectacular de la planta 35, con unas vistas que marcaron la diferencia. Allí pasaría las cuatro noches restantes, comodísimo.
La Expo estaba al aire libre, junto al Melbourne Cricket Ground, un estadio de más de cien mil espectadores. El viernes por la mañana recogí el dorsal 682 sin grandes agobios. Primero me confundí de cola: llevaba el paquete VIR, Very Important Runner, y tenía que ir a otro punto. Incluía una sala antes y después de correr, guardarropa y servicios de recuperación. No me dieron camiseta y pensé que no habría; por suerte, esa historia tendría otro final.
Paseé por el entorno deportivo de Melbourne Park y sus grandes pistas del Open de Australia.
Después me acerqué a los jardines junto al Shrine of Remembrance. No entré en los jardines botánicos: preferí reservar piernas. El memorial, dedicado a los australianos que sirvieron en la guerra, merece la parada también por la vista del centro desde su posición elevada.
Comida, un rato de descanso en el hotel y cambio de ropa para la cena que había reservado. Cené bien, aunque las vistas no fueron lo más memorable. Volví andando por Chinatown y las calles del centro. Ya tenía el dorsal; ahora tocaba descansar de verdad.
DÍA 4 — LA ODISEA ANTES DEL MARATÓN
Fui adelantando el despertador para adaptarme a una salida a las 6:15. El sábado me levanté a las cinco y, sobre las seis y media, ya estaba cerca de Flinders Street Station. Su fachada es una de esas imágenes que uno reconoce antes de llegar a la ciudad. Esta vez la acompañaba el ambiente de las pruebas cortas del festival.
Aproveché para reconocer los últimos kilómetros del maratón. Me fijé especialmente en una subida antes del 41: con cuarenta kilómetros en las piernas, aquello iba a doler. Después llegaba el alivio de bajar y acercarse al estadio. Verlo antes me ayudó a saber lo que encontraría al día siguiente.
Luego fui hacia Carlton Gardens y el IMAX, junto al Melbourne Museum y el Royal Exhibition Building.
Tenía una cita muy especial: La Odisea, de Christopher Nolan, proyectada en película IMAX de 70 mm. Casi tres horas en aquella pantalla gigantesca. Una auténtica pasada y, además, una buena forma de pasar parte de la víspera sentado.
Después cayó una buena pizza. Forma parte de mis costumbres antes de correr, igual que la cena japonesa de esa noche; no necesitaba inventarme nada nuevo a esas alturas. Entre ambas comidas regresé al hotel y descansé. Me había dado el gusto del cine y había reconocido la llegada, pero el objetivo era no gastar más energía de la necesaria.
Ya estaba todo preparado. Quedaba dormir lo que pudiera y volver a poner el despertador todavía más temprano.
DÍA 5 — THE MARATHON
Me levanté entre las tres y las tres y media. Plátano, magdalenas y mi bebida de carbohidratos: mis rituales antes de correr. Todavía era de noche cuando salí hacia el tranvía. Eran alrededor de las cuatro y media y ya había un ambiente tremendo, con corredores que iban hacia el mismo sitio. El maratón empezaba mucho antes del disparo.
Llegué al estadio y entré en la sala VIR. El suplemento, que recuerdo de unos 35 euros, me pareció bien empleado: un salón enorme, café, agua, algo para comer, esterillas y el guardarropa allí mismo, sin buscar otra cola. Incluso nos dirigieron un calentamiento. Y podía salir a la grada, sentarme y contemplar el estadio vacío con la meta esperando abajo. Una tranquilidad que agradecí muchísimo.
La tranquilidad se acabó al ir hacia la salida. Se suponía que nos conducirían al primer cajón, pero me mezclé con el resto de corredores y acabé buscando el acceso entre bastante gente. Hubo un momento de estrés; después conseguí colocarme. Y allí llegó el regalo: Eliud Kipchoge estaba al otro lado de la mediana, muy cerca. Lo llamé, me saludó y pude grabarlo. Ya tenía un recuerdo enorme antes de empezar.
A mi alrededor había corredores con objetivos muy distintos del mío, incluso referencias de 2:50 y 2:48. Yo no estaba para eso. Mi idea era moverme alrededor de 4:55–5:00 por kilómetro y ver hasta dónde llegaba. El 3:30 era la ilusión; bajar de 3:40, el objetivo que veía más razonable. Pero una cosa es pensarlo con calma y otra estar allí, con todo el mundo arrancando.
Arranqué rápido y me encontré muy cómodo, más de lo que esperaba. Los primeros cinco kilómetros oficiales llegaron en 24:39; pasé el diez en 49:22. Iba siendo constante, sin la sensación de estar haciendo un esfuerzo desmedido. El recorrido me llevaba por St Kilda Road hacia la costa, y poco después del diez me crucé con la cabeza de carrera. Entre el saludo antes de salir y aquel cruce, vaya mañana llevaba.
No hacía calor y las nubes ayudaban. Había salido con las gafas encima de la cinta y acabaría entrando en meta igual, sin necesitarlas. Junto a la playa, la carretera parecía fácil, pero había falsos llanos que se iban notando. El giro de vuelta me permitía recorrer la costa en sentido contrario. En el quince llevaba 1:14:10; en el veinte, 1:38:51. La regularidad era buenísima, aunque las piernas ya no estaban tan frescas.
Pasé la media maratón en 1:44:14. Era ritmo para pelear aquel 3:30, aunque ya notaba las piernas algo cansadas. No iba hundido ni mucho menos; simplemente había dejado de ser tan fácil. Pasé el kilómetro 25 en 2:03:41, todavía dentro de la misma idea de carrera. Los parciales seguían siendo muy regulares, pero el cansancio empezaba a notarse.
Al acercarme a Albert Park apareció una bajada y pensé en lo que costaría recuperar esa altura unos kilómetros después. De momento entraba en el circuito de Fórmula 1. Correr por la zona de los boxes, recorrer la recta y volver sobre mis pasos no era cualquier cosa. Me había ido al otro lado del mundo y ahora estaba pasando por allí con un dorsal.
En el kilómetro 30, junto a esa zona, llegó mi recuerdo para Rosa Lar y los amigos: Peletos, Mino, Marcos, Manolo, Diego… Un pequeño saludo mientras seguía corriendo. El tiempo oficial era 2:29:02 y el último bloque de cinco kilómetros ya había subido a 25:21. El maratón empezaba a pesar. En el reloj veía también cómo los parciales que antes rondaban 24:40 se alejaban de esa regularidad.
Bordeando el lago y completando el recorrido por Albert Park, las piernas se fueron poniendo más pesadas. Hasta entonces las cuentas me habían dejado cerca de 3:28–3:29; ahora tenía claro que el 3:30 se me escapaba. Mi cabeza cambió de objetivo: primero pensé en asegurar el sub-3:40 y después en pelear por mi cuarta mejor marca, aquel 3:34:10 de Barcelona 2011.
El paso por el 35 fue en 2:54:53. Desde ahí hasta el 40 llegó el bloque más difícil: 26:27 para esos cinco kilómetros. La salida del parque y las subidas me costaron muchísimo. Sentía que iba lentísimo, bastante más lento de lo que realmente marcaba el ritmo. Esa diferencia entre lo que pienso y lo que todavía soy capaz de hacer también forma parte del maratón. Tocaba seguir, no darlo por perdido porque las piernas protestaran.
En el 40 llevaba 3:21:20 y conseguí recuperar algo. Recordaba la subida que había visto la víspera y aguanté. Después, al acercarme a la entrada del estadio, pude apretar de nuevo. Mi último kilómetro del reloj fue de los más rápidos de la carrera, alrededor de 4:52. Después de haberme sentido tan pesado, había conseguido recuperar el ritmo al final.
Entrar en el MCG fue espectacular. Había visto aquella meta desde la grada unas horas antes y ahora estaba corriendo hacia ella. Crucé en 3:32:36 netos, con 3:32:47 desde el disparo. Mi maratón número 41 y mi cuarta mejor marca. No había bajado de 3:30, pero había corrido muchísimo mejor de lo que unos meses antes podía esperar. Aquellas dieciséis semanas habían tenido sentido.
La salida de meta me gustó bastante menos. Nos llevaron por un túnel y hacia una zona interior del estadio, con poca luz, donde recogimos la medalla. Iba cansado, con la boca sequísima, y la espera se me hizo larga hasta llegar al agua y la comida. Después sí encontré fruta, bebidas y la camiseta finisher. ¡Pues sí que la daban! Menos mal que la que había comprado en la Expo era de tirantes: así no repetía la misma.
Volví a la zona VIR y allí pude recuperarme con mucha más calma. Había duchas disponibles; recibí un masaje y tenía comida y batidos a mano. También nos facilitaron una pequeña toalla y zapatillas. Después salí otra vez a la grada, ahora con la medalla, para hacer las fotos. Horas antes había contemplado el estadio vacío desde allí; ahora volvía con la medalla de otro maratón terminado.
Regresé al hotel, me duché y pasé un buen rato tirado en la cama. Por la tarde todavía me quedaba una entrada de cine: volví al IMAX para ver Gravity en 3D. De los 42 kilómetros a aquella pantalla enorme, pero esta vez sin tener que mover las piernas. Después, un McDonald’s tranquilo de camino al hotel y a descansar. Había sido un día larguísimo y muy bueno.
DÍA 6 — DEL CINE AL MAR, Y OTROS VEINTIÚN KILÓMETROS
El lunes amaneció lluvioso, así que empecé bajo techo en ACMI, el museo de la cultura de la pantalla de Federation Square. Me gustó mucho recorrer sus historias del cine y las imágenes en movimiento. Al salir, aquella zona también me regalaba vistas de Southbank y los edificios al otro lado del río.
Como la previsión mejoraba, cogí un tren hacia Brighton Beach. Quería ver sus casetas de baño, esas pequeñas construcciones de madera pintadas de colores que parecen pedir una foto detrás de otra. Después miré el paseo junto al mar y pensé que podía seguir hasta St Kilda. No calculé demasiado la distancia; simplemente empecé a andar.
El camino era muy agradable, con espacios separados para caminar y pedalear y fuentes donde beber. Paré a comer y seguí hasta St Kilda, pasando junto a Luna Park y llegando al muelle.
No había conseguido reserva para ver el regreso de los pingüinos al atardecer, pero tuve suerte: encontré un par escondidos entre las rocas y pude fotografiarlos. No vi la llegada de la colonia; aquellos dos fueron mi pequeño premio.
Ya puestos, seguí andando por Albert Park. El circuito que había recorrido el día anterior volvía a ser un parque de gente paseando, corriendo y montando en bicicleta, con el lago y unas vistas estupendas del skyline.
Terminé en Mitre Tavern, una taberna entre los edificios del centro que tenía apuntada, con una pinta bien merecida.
Al llegar al hotel comprobé la distancia: unos veintiún kilómetros caminando el día después del maratón. Yo, que iba a tomármelo con calma. Madre mía: estaba rendido.
DÍA 7 — LA MEDALLA VUELVE A CASA
El último día me levanté sin prisas y desayuné tranquilo. Volví a Queen Victoria Market. Entre la zona de productos frescos y los puestos de recuerdos, encontré los detalles para la familia y di mi último paseo por aquel mercado enorme. Ya no hacía falta correr de un sitio a otro.
Después regresé al hotel, recogí la maleta y puse rumbo al aeropuerto. Otra vez tocaban salas de espera y vuelos largos. Comí en la sala de Melbourne mientras esperaba el avión.
En Hong Kong llegó la siguiente pausa y la cena. Tenía por delante otras trece horas y media hasta Madrid, una última escala y el regreso a Asturias.
Fueron unas 35 horas desde que cerré la puerta del hotel hasta que abrí la de casa en Ribadeo. La medalla y la camiseta me acompañaron en el viaje de vuelta, pero me llevaba bastante más que eso. Había podido conocer la ciudad, disfrutar de mis visitas y correr un maratón que salió mejor de lo que esperaba.
Ahora sí, después de tanto avión y tanta caminata, tocaba descansar.
CONCLUSIONES DEL VIAJE
Melbourne me encantó. La encontré cómoda para pasear, con mucho espacio verde y gente muy amable conmigo. No me resultó agobiante; salvo alguna zona de restaurantes más concurrida el sábado por la noche, pude moverme con una tranquilidad que agradecí. Entre el río, la costa, el cine y la carrera, el viaje tuvo de todo. El maratón salió mejor de lo que esperaba cuando empecé a prepararlo. Me quedé a 2:36 de aquel sueño de 3:30, pero me fui con un 3:32:36 y mi cuarta mejor marca después de 41 maratones. Me quedo con la regularidad de la primera parte, con haber sabido cambiar el objetivo cuando tocaba y con recuperar fuerzas al final. También con las dieciséis semanas anteriores: el trabajo estaba ahí.
Después paré diez días y fui volviendo a rodar con calma. El siguiente gran horizonte es Boston. Antes tengo Vigo 21, pero la idea es llegar a enero preparado para empezar otro bloque de dieciséis semanas. Boston tiene sus subidas, incluida Heartbreak Hill, y ahora mismo firmaría un 3:38 o un 3:39. Ya veremos cómo llegamos; no hace falta correr ese maratón antes de entrenarlo. De momento, Melbourne ya ocupa su sitio en mi historia. Una ciudad estupenda, un viaje enorme y otra medalla para recordar por qué sigo haciendo esto. Os contaré más en la siguiente.
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