▷▷ XII MEDIA MARATÓN RIBADEO – AS CATEDRAIS 【 2026 】
XII MEDIA MARATÓN RIBADEO – AS CATEDRAIS
Hay carreras que se explican con un crono. Y hay otras que, aunque el reloj diga lo mismo, se recuerdan por el terreno, el calor y por esa sensación de que el recorrido tenía guardada alguna sorpresa que nadie había anunciado del todo.
Después de más de un mes sin competir, desde Castropol en Marcha, tocaba volver a ponerse un dorsal. Esta vez, el 119: la XII Media Maratón Ribadeo–As Catedrais. Una carrera con salida en Ribadeo, meta junto a una de las costas más espectaculares del norte y una promesa bastante sencilla sobre el papel: tierra, asfalto, mar y 21 kilómetros para medir cómo estaban las piernas.
La idea inicial era correr cerca de los cinco minutos por kilómetro, sin hacer locuras y, sobre todo, sin hacerse daño. Venía con ganas de competir, pero también con el respeto lógico de saber que aquí no todo era correr: había ocho kilómetros de pistas. Y no de esas pistas compactas y cómodas que permiten olvidar el asfalto. Eran tramos de tierra malos, muy malos; de los que se acercan peligrosamente al trail aunque no haya trialeras ni se lleven zapatillas de montaña.
Tras un cafe con Dani, Vicky, Bugui, su mujer y su pequeñita, y después de comer y tomar Maurten Mix 320, salí a rodar un poquito. Y en el rodaje, me preocupé algo, porque noté una ligerísima molestia en la parte trasera de la rodilla, en los tendones superiore del gemelo. Se me pasó por la cabeza, que como fuese a algo más, se acababa la carrera antes de empezar. Pero después de calentar bien, y hacer unas progresiones, todo volvió a la normalidad.
En la linea de salida muchos amigos, Arxi, Miguel, Janfri, Sonia, Kevin y por supuesto Iago que no se pierde una, a pesar de andar con algo de fiebre.
La salida era libre. Con un pelotón cercano a los 1.200 corredores, eso significaba una cosa: convenía colocarse delante y salir con decisión. El callejeo inicial de Ribadeo pedía rapidez para evitar embudos, así que los primeros metros fueron claramente más vivos de lo previsto. Una vez despejada la parte urbana, tocaba poner orden, bajar pulsaciones y encontrar el ritmo de carrera.
Y ahí apareció el plan que sí funcionó: una cadencia constante, en torno a 5:05–5:07/km, adaptada a los pequeños cambios del recorrido. No fue una media para correr mirando obsesivamente el reloj. Fue una media para escuchar las piernas, vigilar el firme y aceptar que cada superficie exigía una manera distinta de correr.
En asfalto me sentía suelto. Ahí podía alargar zancada, correr con más confianza y recuperar parte de lo que las pistas iban reclamando. Pero al entrar en tierra el paso cambiaba. No hacía falta que el desnivel fuera enorme para que el esfuerzo se multiplicase: bastaban los apoyos irregulares, el polvo, los baches y la necesidad de ir atento a cada pisada. A veces el ritmo seguía siendo parecido; la sensación, desde luego, no.
Lo mejor de esta carrera es que no se limita a llevarte de un punto a otro. La costa está siempre cerca, el azul del Cantábrico aparece como referencia y el recorrido va mezclando zonas abiertas, caminos y asfalto. Es una carrera que invita a mirar alrededor, aunque no demasiado: cuando el suelo se pone feo conviene levantar menos la vista de lo que pide el paisaje.
El día, además, apretaba. Con calor, los avituallamientos pasan a ser parte de la estrategia. El primero llegó en el kilómetro 6; el segundo, en el 12, se hizo esperar más de lo deseable; y el tercero, alrededor del 16, ya entraba en un momento mucho más lógico de la carrera. Entiendo que los accesos a algunas zonas no son sencillos, pero en una jornada así adelantar un poco el segundo punto habría ayudado bastante.
Y si hubiera que dejar una sugerencia para próximas ediciones, estaría en la salida. Con tanta gente y salida libre, tres colores de dorsal o tres cajones orientativos —sub 1h30, sub 2h y resto— ayudarían a que cada cual encontrase su sitio desde el primer metro. No por convertirlo en una carrera rígida, sino justo para que todos pudieran correr mejor y con menos frenazos.
La parte final tuvo ese punto de alivio que llega cuando sabes que ya no queda nada por gestionar. Había que seguir, mantener la cabeza fría y no regalar segundos por mirar antes de tiempo a la meta. El crono oficial se detuvo en 1:47:44. Objetivo cumplido. Puesto 164 de 722 clasificados.
Aun con todo, la organización estuvo bien. Circuito señalizado, una medalla especial de ACISA, que me entregó mi gran amiga Carmen Cruzado, presidente de ACISA y una atención en meta que dejó buen sabor de boca.
La bolsa del corredor también cumplió con nota. Hay cosas mejorables —como en cualquier prueba—, pero se percibía el trabajo de una carrera que sabe dónde está su fuerza: en unir deporte, paisaje y ambiente popular.
No fue una carrera para hacer marca. Fue una carrera para competir bien, administrar un recorrido incómodo y volver a sentir esa mezcla de cansancio y satisfacción que deja un dorsal cuando se ha corrido con cabeza. En Ribadeo brilló el asfalto; en las pistas tocó sobrevivir; y en As Catedrais quedó otra media maratón para recordar.



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