▷▷▷ SEOUL MARATHON 【 2024 】

▷▷▷ SEOUL MARATHON 【 2024 】
HISTORIA DE SEÚL
Seúl se entiende mejor cuando se deja de mirar como una sola ciudad. Hay una capital antigua, la de Hanyang, elegida en 1394 como centro de la dinastía Joseon; una ciudad atravesada después por la ocupación japonesa y por una guerra que destruyó gran parte de sus edificios y de su vida cotidiana; y otra que, a partir de los años sesenta, creció con una velocidad que todavía se percibe al cruzarla. No son capas limpias ni separadas. Están unas encima de otras: la puerta de un palacio, una avenida inmensa, una torre de oficinas, el Han y un metro que cose distancias que a pie parecen imposibles.
El palacio Gyeongbokgung es una de las claves para leer esa primera Seúl. Fue construido como palacio principal de Joseon y durante siglos ordenó el espacio del poder al norte de la ciudad. Su historia tampoco ha sido recta: el recinto sufrió la destrucción de la invasión japonesa de 1592 y fue restaurado mucho después. Por eso no es un decorado congelado. Es una pieza que ha sobrevivido a varias ciudades y que, aun rodeada de tráfico y edificios, conserva patios, pabellones y una geometría que obliga a bajar el ritmo.

En marzo de 2024 yo fui descubriendo esa convivencia sin necesidad de buscar grandes teorías. Bastaba un día entre palacios, la estatua de Sejong, edificios futuristas y miradores para entender que la ciudad no intenta esconder sus contradicciones. Seúl cambia de textura con una facilidad rara: madera pintada, piedra, vidrio, grandes plazas, mercados y barrios que de noche parecen otra ciudad. Ahí está parte de su fuerza para un viaje de maratón: no permite una visita lineal ni una lectura rápida.
La transformación moderna fue especialmente intensa tras la Guerra de Corea. La ciudad quedó devastada entre 1950 y 1953 y después creció con una industrialización y una expansión urbana enormes. El desarrollo de Gangnam, los nuevos ejes viarios y la presión demográfica no borraron el centro histórico, pero sí cambiaron la escala de todo lo que lo rodeaba. El resultado es una capital en la que las distancias importan. Para un corredor, esa escala se vuelve todavía más visible: se puede pasar de la ciudad histórica a una ribera inmensa o a un estadio olímpico sin que la ciudad deje de sentirse continua.

No llegué a Seúl buscando una postal. Llegué con un maratón por delante y con la intuición de que la ciudad iba a entrar en la carrera mucho antes de la salida. Lo hizo desde la primera noche: luces, una puerta histórica, una cena tranquila y esa sensación de estar muy lejos de casa, pero de haber aterrizado justo en el lugar al que tocaba ir.
HISTORIA DE LOS JJOO DE SEÚL 1988
Seúl fue sede de los Juegos de la XXIV Olimpiada entre el 17 de septiembre y el 2 de octubre de 1988. Participaron 159 comités olímpicos y 8.397 deportistas, en una edición concebida por Corea del Sur como una presentación internacional de una ciudad y de un país en plena transformación. El lema fue *Harmony and Progress*; la mascota, Hodori, un tigre; y el emblema tomó como base un motivo coreano de tres espirales.
El legado sigue apareciendo en lugares concretos, no sólo en el recuerdo televisivo. El Parque Olímpico, Jamsil y el entorno del río Han concentraron instalaciones y mejoras urbanas. El estadio de Jamsil, que acogió la ceremonia y el atletismo, continúa ligado a la vida deportiva de la ciudad y, para mí, tenía una relación todavía más directa: allí terminaba el Seoul Marathon. La carrera de 2024 no terminaba en una idea abstracta de legado, sino ante un estadio olímpico real.
También fue una edición de maratón con historia propia. El 2 de octubre de 1988 el italiano Gelindo Bordin ganó la prueba masculina en 2:10:32, por delante de Douglas Wakiihuri y Ahmed Salah; nueve días antes, la portuguesa Rosa Mota se impuso en el maratón femenino con 2:25:40, delante de Lisa Martin y Katrin Dörre. Pero Seúl también tuvo un momento que todavía resume la velocidad de aquella edición: Florence Griffith-Joyner ganó los 200 metros en 21,34, récord mundial que sigue vigente. Treinta y seis años después, mi carrera popular llegaba a la misma área de Jamsil desde una ciudad completamente distinta a la de aquellas imágenes, pero con la misma capacidad de convertir el último tramo en algo especial.
DÍA 1 — EL VIAJE EMPIEZA EN AVILÉS
La aventura no empezó al ver el skyline de Seúl, sino en el aeropuerto de Avilés, pequeño y casi vacío a primera hora. La camiseta del Celta ya iba puesta: es costumbre, no va facturada ni en el equipaje de mano. Había superado la lesión, pero la semana anterior había caído una gripe de las que dejan factura. La tos terminó despertando un asma que hacía años que no aparecía; el lunes había intentado trotar con Diego y me costaba respirar hasta para conversar. No era la preparación que había imaginado para una maratón, pero era la que tenía. El reto empezaba precisamente por aceptar eso.
En Madrid tuve tiempo de sobra para recorrer terminales: de la T4 a la T1, desayuno, tarjeta de embarque y esa espera larga que sólo se hace ligera cuando uno sabe que al final hay una carrera y una ciudad nueva. El plan de viaje era contundente: Madrid–Pekín, tres horas de escala y un último vuelo a Seúl. Antes de embarcar me quedaba aún una pequeña lección de ultrero: las botellas blandas vacías pasan el control, se rellenan después y evitan pagar el agua a precio de aeropuerto. Durante las más de diez horas hasta Pekín y las dos finales hasta Corea entendí que el maratón no iba a ser una mañana aislada. Ya era una expedición.
En Incheon me esperaba la parte menos épica y más útil del viaje. Llegué con sueño acumulado y el reloj del cuerpo completamente descolocado, pero el aeropuerto estaba tan bien indicado que no había mucho margen para perderse. Primero tocó comprar la T-Money en una convenience store, cargarla en efectivo y bajar a por el tren hacia el centro; después, en Seoul Station, enlazar con el metro para llegar al hotel. Es el tipo de logística que se olvida al volver, pero que cambia una llegada: pasar de estar agotado en un aeropuerto inmenso a moverse por una ciudad nueva sin sentir que todo depende de la suerte.
La primera noche sí fue ya otra cosa. Tras dejar las cosas en el hotel salí a caminar, todavía medio en otro huso horario, y Seúl se presentó con luces, tráfico y una puerta histórica iluminada que parecía poner orden en medio de edificios y avenidas. No pedía heroicidades: sólo un paseo tranquilo y el alivio de saber que el viaje largo había terminado. Aún quedaban varios días para que sonara el disparo de salida, pero Seúl ya había entrado en la historia.
DÍA 2 — GWANGHWAMUN, PALACIO REAL, BUKCHON Y LA CIUDAD HACIA ARRIBA
El día arrancó en Gwanghwamun, la gran avenida que une el poder antiguo con el centro contemporáneo. Frente a mí estaban la puerta del palacio y la estatua de Sejong; no son dos fotografías que se pongan juntas por llenar espacio, sino las dos entradas a la misma historia. Sejong representa la invención del hangul y Gwanghwamun conserva la puerta de acceso a Gyeongbokgung: el rey, la lengua y el palacio en una misma plaza que hoy cruzan autobuses, turistas y oficinistas.
Después entré en Gyeongbokgung, el palacio principal de Joseon. Ahí el ritmo de la ciudad cambió de inmediato: patios grandes, puertas sucesivas, tejados de colores y corredores de madera que obligaban a caminar sin prisas. La visita no fue una pasada rápida por una fachada; fui avanzando por los recintos y entendiendo cómo cada patio marcaba una jerarquía. En una capital que parece construida para crecer hacia arriba, el palacio conserva una forma de poder horizontal, de ejes y de espacios abiertos.
Las galerías y las cubiertas merecían detenerse más de lo previsto. Pasé de los salones pintados a los patios donde las vigas y los aleros hacen de marco, y después seguí hacia Bukchon Hanok Village, el barrio de casas tradicionales que conserva sus calles inclinadas entre Gyeongbokgung y Changdeokgung. Es el lugar que buscaba al hablar de la calle de los hanok: no un decorado aislado, sino un barrio vivo donde las casas coreanas tradicionales se mezclan con talleres, cafeterías y las vistas hacia la ciudad moderna.
En Bukchon también me senté a comer en un sitio local de los que no salen en una guía. No hablaban inglés y yo no sabía leer coreano, así que pedí señalando una foto y confiando en el instinto. Funcionó: me pusieron algo muy rico que, a día de hoy, sigo sin saber exactamente qué era. Es justo la clase de momento que más me gusta de viajar: dejar de querer controlarlo todo y entrar, aunque sea durante una comida, en el ritmo cotidiano de una ciudad.
La caminata por Bukchon fue el puente perfecto antes de regresar a una Seúl completamente distinta. Desde allí los tejados tradicionales dibujan un paisaje bajo, y detrás aparecen las torres del centro; esa convivencia explica la ciudad mejor que cualquier eslogan. La última imagen entre las puertas y los aleros no fue una despedida del pasado, sino la constatación de que la ciudad no lo esconde: lo obliga a convivir con todo lo que llegó después.
Por la tarde el contraste fue total. Dongdaemun Design Plaza, con sus curvas metálicas, parecía venir de otro planeta después de la madera del palacio. A continuación, en Jamsil, la Lotte World Tower levantaba sus 555 metros sobre el complejo de Lotte World: la torre más alta de Corea del Sur y una referencia constante antes de llegar al estadio olímpico. El día iba de un palacio real a una torre que obliga a mirar hacia arriba; así de brusca y lógica puede ser Seúl.
Namsan cerró la jornada. Subí al parque y a Seoul Tower para mirar el mapa desde arriba, con el aire más fresco y la ciudad extendida hasta donde alcanzaba la vista. Después de tantas avenidas y trayectos en metro, desde allí Seúl se ordenaba por fin: el Han, las montañas, los bloques de viviendas y las torres. Al día siguiente volvería a caminarla a ras de suelo; esa tarde tocaba simplemente entender su escala.
DÍA 3 — EXPO, PARQUE OLÍMPICO Y LA VÍSPERA
La víspera de una maratón siempre tiene una norma sencilla: hacer lo necesario y no convertir la preparación en otra carrera. Aun así, el lugar elegido para recoger el dorsal no ayudaba a pasar desapercibido. Llegar a Jamsil, entrar en el entorno olímpico y ver la Puerta de la Paz Mundial era entrar en el marco del domingo. Allí estaban los aros, la arquitectura de 1988 y el estadio al que, si todo salía como debía, terminaría llegando después de 42 kilómetros.
La Expo fue directa, sin teatralidad innecesaria: dorsal, bolsa, indicaciones y ese instante en que un número deja de ser una inscripción y se convierte en una cita. Me hice las fotos de rigor, comprobé que todo estaba en orden y procuré no gastar piernas en una jornada que invitaba a seguir caminando. En un viaje de maratón la logística también forma parte de la carrera: saber cómo llegar, qué llevar, dónde dejar cada cosa y cuánto paseo cabe antes de que el cuerpo empiece a protestar.
Antes de cerrar el día pasé por la catedral de Myeongdong y por una Seúl mucho más luminosa y comercial, pero la cabeza ya estaba en otro sitio. La cena de sushi fue la de la víspera, como suele ocurrir cuando se quiere cenar algo conocido sin inventar nada a última hora. No era una despedida gastronómica ni una foto para rellenar el viaje: era el ritual sencillo que me colocaba en modo carrera. Volver al hotel, dejar preparado el material y acostarse pronto fue el último gesto de calma antes del ruido.
DÍA 4 — THE MARATHON
El 17 de marzo de 2024 amaneció chispeando, fresco tirando a frío, con el tipo de incertidumbre que no se resuelve mirando el dorsal. Había elegido el hotel muy cerca de la salida y eso simplificaba una mañana que ya tenía bastantes cosas en la cabeza. Me vestí despacio, con la camiseta del Celta, el material preparado desde la noche anterior y la respiración como principal asunto pendiente. La gripe ya estaba atrás, pero no del todo olvidada; después de semanas irregulares no tenía sentido fingir que salía con la seguridad de una preparación perfecta. Salía con ganas, con prudencia y con el deseo de que el cuerpo me dejara disfrutar de una ciudad a la que había venido precisamente a correr.

La salida concentró lo que los días anteriores habían ido anticipando: lluvia fina, capas de plástico, miles de corredores y una marea de dorsales entre las torres del centro. La entrega de la bolsa de ropa para recoger en meta estaba sorprendentemente bien resuelta. Había camiones infinitos —y alguno más—, pero cada uno tenía su orden, sus filas y sus voluntarios; en pocos minutos quedaba hecho algo que, con semejante volumen de gente, podía haber sido un caos. No había intimidad posible, y eso ayudaba. A mi alrededor todo el mundo parecía haber llegado desde una historia distinta, pero todos compartíamos la misma rutina de última hora: ajustar el reloj, mirar al frente, comprobar que no faltaba nada y esperar.

Los primeros kilómetros sirvieron para encontrar espacio y escuchar el cuerpo sin dramatizar. Había calles anchas, edificios que parecían aumentar el tamaño del pelotón y tramos en los que la carrera se volvía una fila interminable de colores. Corrí acompañado por esa mezcla que sólo tienen las grandes maratones: gente concentrada, algún saludo, corredores que aceleran demasiado pronto y la sensación de que el día se va ordenando kilómetro a kilómetro. No perseguí una cifra inventada; la prioridad era mantenerme dentro de la carrera y llegar a Jamsil con margen para disfrutarlo.

Con el paso de las horas la ciudad fue cambiando de tono. Las calles centrales dieron paso a sectores más abiertos, túneles y avenidas largas. En algún punto el cielo terminó por abrirse y la mañana pasó de gris a luminosa; no arreglaba las piernas, pero sí cambiaba la energía del día. Los avituallamientos, los voluntarios y el ruido del pelotón funcionaban como pequeños hitos. Cada uno recuerda que una maratón no se resuelve con una gran escena, sino con muchas decisiones pequeñas: beber, aflojar los hombros, no pelear una cuesta inútil, volver a concentrarse cuando la cabeza empieza a negociar.

En el kilómetro 35 saqué la cámara para grabar y, casi a la vez, se acabó su batería. No fue el único problema de ese momento. Venía acatarrado y empecé a notar que me daba un ataque de asma; tuve que caminar y usar el Ventolín que, por pura precaución, había metido en el bolsillo. Nunca lo había llevado en una carrera y aquel día resultó ser una decisión muy acertada. No es algo que me pase habitualmente, por eso el episodio cambió por completo el tono de los últimos siete kilómetros: no había épica que buscar ni cámara que encender, sólo respirar, recuperar la calma y seguir como pudiera.
Después de caminar un poco volví a avanzar. Los dos últimos kilómetros, ya al llegar a la zona de Jamsil, sí pude correrlos completos. Crucé la línea de meta bien, aunque no quedó una foto personal de aquel instante: la única imagen de la entrada la pude extraer del vídeo oficial del maratón. Mi registro GPS marcó 42,68 kilómetros en 4:26:55, con ritmo medio de 6:15/km; el resultado oficial fue 4:26:39. Las dos cifras cuentan lo mismo sin maquillarlo: una carrera larga, una preparación con dudas, un problema inesperado en el 35 y un final conseguido.
El final dejó una pequeña decepción, precisamente porque el estadio olímpico de Jamsil estaba allí al lado. Me habría hecho una ilusión enorme entrar a meta por dentro de un estadio olímpico; me encanta cerrar una maratón así. Pero el recinto estaba en obras y la organización tuvo que llevar la recta de meta a una calle adyacente. No entramos al estadio, aunque su presencia al lado de la meta mantenía intacta parte de la emoción. Después llegó otra prueba logística: muchísima, muchísima gente para recuperar las bolsas, pero otra vez todo estaba bastante bien organizado. Lo menos épico fue el regreso: salida y meta quedaban muy lejos entre sí y el metro se hizo largo, larguísimo, cerca de tres cuartos de hora. Aun así, al volver al hotel no quedaba ninguna duda: había sido una experiencia increíble y preciosa.
DÍA 5 — SEÚL SIN DORSAL
El día después tuvo otra cadencia. Sin la obligación de guardar fuerzas ni la necesidad de mirar el reloj, volví a recorrer la ciudad con la medalla ya convertida en una pieza de equipaje más. Pasé por edificios contemporáneos, plazas, calles comerciales y el río; era una forma de comprobar que Seúl no se había reducido al recorrido. La ciudad seguía ahí, enorme y veloz, pero yo ya la miraba desde el otro lado de la carrera.
La ruta me llevó de nuevo a Gangnam, el barrio que desde fuera se asocia a rascacielos, marcas y una canción, pero que al caminarlo se entiende mejor como un distrito gigantesco de oficinas, comercio y avenidas que nunca se quedan quietas. Allí estaba COEX, con la biblioteca Starfield: una sala abierta con estanterías monumentales que suben varios pisos y hacen que cualquiera se sienta pequeño entre los libros. No esperaba que una biblioteca se convirtiera en uno de los espacios más llamativos del viaje, pero precisamente por eso funcionó: en medio de Gangnam, donde todo parece diseñado para impresionar, la imagen que se queda es gente leyendo bajo una montaña de papel.
Al salir de COEX seguí entre edificios de cristal, tráfico y las fachadas de Gangnam. Esta parte de la ciudad tenía poco que ver con la solemnidad del palacio o con las laderas de Namsan, pero por eso era imprescindible recorrerla. Seúl no se explica sólo con tradición o con vistas: también con esta velocidad de distrito financiero, con centros comerciales que parecen estaciones y con la sensación de que cada cruce es más ancho y más luminoso que el anterior.
El Han puso la contraparte. Después de tanto hormigón, el río abre espacio y permite mirar la ciudad desde fuera de sus avenidas. Caminé por la ribera sin prisa, con la maratón todavía en las piernas, antes de volver hacia el ambiente nocturno al caer la tarde. La noche, los carteles y el gentío devolvieron otra Seúl distinta: más compacta, más ruidosa y menos monumental, pero igual de viva.
La última noche acabó en Hongdae, la zona universitaria de Hongik University, con ese ambientazo de gente en la calle, música, luces y locales llenos que hace que una ciudad parezca no tener hora de cierre. Allí también llegó mi prueba gastronómica menos heroica: el kimchi. Lo probé con toda la intención de integrarme en la experiencia coreana y casi me muero de lo que picaba; una de esas decisiones que, mientras ocurren, parecen un error y al día siguiente ya forman parte del viaje. Después de una maratón Seúl se volvió todavía más amable: no porque doliera menos caminar, sino porque ya no había nada que reservar para el día siguiente. Quedaba disfrutar de lo visto, ordenar las imágenes y aceptar que el viaje empezaba a convertirse en recuerdo.
DÍA 6 — ÚLTIMAS VUELTAS Y REGRESO
Antes de volver todavía hubo tiempo para un mercado lleno de puestos, vapor, ruido y comida, una última incursión en los palacios y el camino al aeropuerto. Esas horas finales siempre son un poco tramposas: uno ya ha terminado la carrera, pero sigue buscando la última imagen que resuma la ciudad. Seúl no cabe en una. Se queda en la puerta iluminada de la primera noche, en la madera de Gyeongbokgung, en la altura de Namsan, en el estadio olímpico, en la lluvia de la salida y en el vuelo de vuelta con las piernas cansadas.
CONCLUSIONES
Seúl fue mucho más que el destino de una maratón. Fue un viaje largo desde el principio, con una preparación incómoda, una ciudad que exigía caminar y mirar, y una carrera que hubo que correr con honestidad. No salí con el cuerpo que habría elegido, pero llegué a la línea de meta y terminé en una ciudad que había aprendido a reconocer durante los días anteriores. Eso convierte el 17/03/2024 en algo más que un resultado: lo deja unido a la puerta de Gwanghwamun, a los palacios, a la víspera tranquila, a la salida bajo la lluvia y a una medalla que, por una vez, trae toda la ciudad detrás.
FUENTES DE VERIFICACIÓN
- Seoul Solution, historia urbana y desarrollo de Seúl.
- Cultural Heritage Administration of Korea, Gyeongbokgung / Sajeongjeon.
- Olympic Studies Centre, ficha Seoul 1988, legado y resultados del maratón.



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