▷▷▷ MALTA MARATHON 【2026】

Cartel oficial LifeStar Malta Marathon 2026 Recorrido GPS verificado del Malta Marathon desde Mdina hasta Sliema

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HISTORIA DE MALTA

Malta parece pequeña en el mapa, pero su historia tiene una escala mediterránea. El archipiélago está situado entre Sicilia y el norte de África, en un paso marítimo que durante milenios fue decisivo para comerciantes, ejércitos y navegantes. Antes de que existieran sus ciudades amuralladas ya había dejado una huella singular: los templos megalíticos, el Hipogeo de Ħal Saflieni y otros yacimientos recuerdan una ocupación humana muy anterior a las grandes potencias clásicas. Después llegaron fenicios, romanos, bizantinos y árabes; cada etapa dejó nombres, costumbres y una mezcla cultural que todavía se percibe en la lengua maltesa, semítica en su raíz pero escrita en alfabeto latino y atravesada por influencias italianas e inglesas.

La imagen más reconocible de Malta, sin embargo, nace en el siglo XVI. En 1530 Carlos V cedió las islas a la Orden de San Juan, los hospitalarios expulsados de Rodas. Aquellos caballeros no llegaron a un paisaje vacío: reforzaron puertos, reorganizaron defensas y convirtieron Birgu y el Grand Harbour en el centro de una potencia marítima. La cruz de ocho puntas que asociamos a Malta procede de aquella Orden. Sus puntas se han interpretado tradicionalmente como las ocho bienaventuranzas o como deberes de los caballeros; más allá del símbolo, su legado visible son los fuertes, las baterías, los albergues de las distintas lenguas de la Orden y una idea constante de ciudad preparada para resistir.

El momento que consolidó ese imaginario fue el Gran Asedio de 1565, cuando el Imperio otomano atacó la isla y los defensores resistieron durante meses. Fort St Angelo, en Birgu, fue uno de los puntos decisivos. La victoria no cerró la historia: la aceleró. Un año después se colocó la primera piedra de La Valeta, una capital nueva levantada sobre el monte Sciberras y bautizada por Jean Parisot de Valette. Su trazado rectilíneo, sus bastiones y sus vistas sobre los dos puertos no son un decorado antiguo; explican por qué, desde un barco o desde la carretera, la ciudad siempre parece estar vigilando el mar.

Más tarde llegaron el breve dominio napoleónico y la etapa británica. Malta fue independiente en 1964 y república diez años después, pero no se desprendió de lo anterior: el inglés convive con el maltés, los balcones y fachadas de caliza comparten espacio con edificios contemporáneos y las fortificaciones continúan ordenando el perfil urbano. Ese contraste se entiende mejor viajando despacio. Durante estos días pasamos de Sliema a Marsaxlokk, de las murallas de Gozo al agua de Comino y de Mdina a la meta frente al mar. El maratón recorre una isla muy moderna en su ritmo diario, pero construida sobre capas de historia que hacen que cada puerto, iglesia y piedra tenga más fondo del que parece.

El maratón que se me había escapado dos veces acabó siendo una carrera sufrida, una meta muy buscada y un viaje de los que ganan valor por compartirlos.

22 de febrero de 2026 · Dorsal 1520 · Maratón nº 39

DÍA 1 — LLEGADA A SLIEMA

Malta llevaba demasiado tiempo en la lista. La primera vez fue en 2019, con Arcadi, Abel, Mona, Josep y compañía, y un temporal tremendo obligó a suspenderlo todo. Era además el segundo maratón de mi 12 Month Challenge: doce maratones en doce países durante doce meses. No podía dejar aquel hueco abierto, así que cambié Malta por Viena en abril para que el reto siguiera en pie. La segunda vez que intenté correr Malta ya no hubo temporal: fue la lesión la que hizo caer aquel intento. Por eso 2026 no era una segunda oportunidad, sino la tercera y definitiva. Recuerdo perfectamente las dos decepciones, por causas completamente distintas; cuando se abrió la posibilidad de volver, la frase era muy sencilla: por mis narices que esta vez corría Malta.

El invierno no ayudaba nada a fantasear con marcas. Entre lluvia, temporales y semanas en las que entrenar bien era más una negociación con el tiempo que una rutina, llegué con una forma muy justa. Quería bajar de cuatro horas, como siempre; sabía también que no estaba en el punto de Río ni del Frankfurt de 2024. Aun así, había algo liberador en viajar sin esconder la realidad: no venía a demostrar que estaba fino, venía a terminar lo que Malta me debía y, sobre todo, a vivirlo con Yoli.

El vuelo fue una de esas combinaciones de Ryanair que uno acepta por economía y termina recordando como parte de la aventura. Llegamos, pedimos un Bolt —allí parece más natural que Uber— y fuimos directos a Sliema. El hotel, en primera línea de mar, era una sorpresa: barato, bien situado y mejor de lo que esperaba. Sliema no necesita vender una postal de ciudad antigua para funcionar; tiene el paseo marítimo, los barcos, los bloques modernos, la bahía abriéndose a cada lado y ese movimiento continuo que hace muy fácil aterrizar en un sitio nuevo.

La primera cena fue una pizza debajo del hotel. No hubo ceremonia ni búsqueda de un restaurante memorable: había que empezar a cargar hidratos, quitarse el viaje de encima y pasear un poco antes de dormir. Lo mejor de esa primera noche fue justamente su sencillez. Malta aún era una promesa, el maratón todavía estaba a dos amaneceres de distancia y nosotros teníamos la sensación de haber llegado a tiempo para las dos cosas: correr y viajar.

También había una calma especial en no intentar exprimir aquella tarde. Muchos viajes de carrera se convierten en un listado de sitios que hay que tachar; esta vez preferimos guardar energía y dejar que la isla se presentara poco a poco. El paseo marítimo de Sliema, con el agua negra al otro lado y las luces de la bahía encendiéndose, bastaba como primer contacto. La carrera ya tenía su propio peso, pero todavía no había ocupado cada conversación. Aquel equilibrio —un poco de turismo, una pizza, una habitación con vistas y la compañía adecuada— fue la mejor manera posible de empezar.

DÍA 2 — VUELTA A MALTA, EXPO Y VÍSPERA

El sábado tocaba conocer la isla sin convertir el día en una contrarreloj. El autobús turístico no suele ser mi plan favorito, pero cuando el tiempo es limitado puede ser una herramienta muy honrada. Elegimos la ruta del sur, la roja, y desde arriba Malta va cambiando a golpes de paisaje: avenidas con hoteles, bahías llenas de mástiles, piedra color arena, iglesias que parecen demasiado grandes para los barrios que las rodean y, de pronto, un puerto que devuelve todo a una escala más humana.

Valletta fue apareciendo como suele hacerlo desde el agua: compacta, levantada sobre sus fortificaciones y con cúpulas que cortan el perfil. Es una ciudad construida por los Caballeros de San Juan después del Gran Asedio de 1565, y se nota que nació para ser defendida. Pero aquel sábado no íbamos buscando una clase de historia. Mirábamos, hacíamos fotos, bajábamos cuando apetecía y dejábamos que el autobús resolviera la logística. Esa mezcla de turista y corredor en víspera tiene su propia gracia: observas un lugar precioso, pero una parte de la cabeza ya está calculando desayunos, horarios y kilómetros.

La parada que mejor explica esa jornada fue Marsaxlokk. Es un pueblo pescador del sureste de Malta, conocido por los luzzus: esas barcas pintadas con colores vivos y los ojos protectores en la proa. No son un decorado montado para turistas; son la imagen de un puerto que todavía conserva la pesca como oficio y como lenguaje visual. Comer una pizza allí fue, naturalmente, la decisión de un maratoniano: bonita excursión, buen sol y otro depósito de hidratos. Entre el azul del puerto y los barcos, el domingo parecía todavía una cosa lejana.

La expo llegó a la vuelta, sin nervios y sin grandes colas. Recoger un dorsal siempre parece una gestión menor hasta que lo tienes en la mano. Entonces se convierte en el objeto que ordena todo lo demás: la ropa, el desayuno, la hora de acostarte, el autobús de las cinco y cuarto. El mío era el 1520. Además recogí la medalla de Josep, pendiente desde el año anterior por un problema de la organización. Me gustó cerrar también esa pequeña deuda de la aventura anterior.

La cena de víspera fue la tradición innegociable: japonés, sushi, sashimi y la sensación de que, si uno ha llegado hasta Malta, ya puede permitirse una cena de corredor un poco menos ortodoxa. Yoli hizo de compañera perfecta de viaje: sin convertir la carrera en el único tema, entendiendo que esa noche el descanso ya formaba parte del plan. Volvimos pronto al hotel. A las cinco y cuarto tocaba estar listo para el autobús, y eso en un viaje tiene una seriedad muy parecida a la de una puerta de embarque.

Dejé la equipación extendida en el suelo: camiseta celeste, cinta amarilla, gafas, dorsal, calcetines, las dos zapatillas de colores distintos y los geles perfectamente colocados. Esa foto pertenece aquí y a ningún otro sitio. No es una imagen de meta ni un resumen retrospectivo; es el instante exacto anterior a un maratón, cuando todavía todo parece controlable. La cama llegó temprano. Había que dormir, o al menos intentarlo, con Mdina esperándonos en la oscuridad.

Vídeo · sábado: vuelta a Malta

DÍA 3 — THE MARATHON

El domingo empezó con autobuses llenos de gente medio dormida, cafés, dorsales y silencio. La organización resolvió muy bien aquel traslado hasta Mdina, en el interior de la isla. A esas horas la ciudad amurallada estaba iluminada y parecía cerrada sobre sí misma. Mdina fue capital medieval de Malta y sus calles estrechas, su piedra dorada y sus murallas dan la impresión de estar entrando en una ciudad que ha aprendido a guardar el tiempo. Llegar allí a correr, todavía de noche, le daba al arranque una solemnidad que una salida normal no tiene.

Había ambientazo: camisetas celestes, naranjas, viseras, gente buscando baños, estirando o fingiendo una tranquilidad que nadie tenía por completo. Mi plan era sensato. Quería salir alrededor de 6:00/km, controlar, aprovechar que el perfil general baja desde el interior hacia Sliema y no hacer ninguna heroicidad antes de que la carrera empezara de verdad. Me uní a un grupo pequeño con ese ritmo y las primeras sensaciones fueron mejores de lo que esperaba después del invierno.

El recorrido fue dejando atrás Mdina y descendiendo por la isla. Malta no regala un perfil completamente fácil: es una carrera en negativo, sí, pero las pequeñas subidas, los cambios de asfalto y los tramos abiertos hacen que no puedas correrla como una bajada infinita. Durante media maratón, y todavía algo más allá, fui cómodo. Pasaron los kilómetros, pasaron los corredores del grupo, pasaron las primeras dudas y el cuerpo respondió con una naturalidad que me sorprendió. Hasta el 25 la carrera era lo que había venido a buscar: constante, amable y con la sensación de que la estrategia tenía sentido.

Pero el maratón no pregunta si el planteamiento era bonito. Cerca del 30 llegaron las pequeñas cuestas y las piernas empezaron a pedir explicaciones. Algunos compañeros del grupo se fueron quedando; el que terminó de quedarse fui yo. No fue un golpe seco, sino una conversación cada vez más incómoda con los cuádriceps. El problema de bajar cuando ya llevas treinta y tantos kilómetros no es la gravedad: son los frenos. En la zona de Valletta hubo una pendiente que, con las piernas ya cargadas, se convirtió en una mala noticia anunciada.

A partir del 35 empecé a alternar correr y andar. No lo voy a disfrazar: sufrí mucho. Llegan esos pensamientos que todo corredor conoce y que, mientras suceden, parecen definitivos: por qué hago esto, para qué necesito otro maratón, qué sentido tiene empeñarse. A mí me venían además con el recuerdo de las dos Maltas anteriores. Y, precisamente por eso, abandonar no era una idea real. Podía ir despacio, podía maldecir cada cuádriceps, pero no podía irme sin cruzar esa meta.

La meta apareció en Sliema sin necesidad de discursos. Entrar bajo el arco azul, con el reloj, el dorsal y el mar alrededor, fue suficiente. El tiempo oficial fue 4:24:24; mi GPS registró 42,51 km en 4:24:29, a 6:13/km de media. No era el subcuatro que siempre persigo y tampoco era una de mis carreras más rápidas. Fue, sin embargo, una de las que más había que terminar. Mi maratón número 39 estaba hecho. Eso, después de tantos aplazamientos, pesaba más que los cinco minutos de diferencia con cualquier objetivo ideal.

DATOS DE CARRERA. LifeStar Malta Marathon · 22/02/2026 · dorsal 1520 · 42,51 km GPS · 4:24:29 GPS · 4:24:24 oficial · 6:13/km de media. La salida en Mdina y la meta en Sliema explican el perfil general descendente, pero no evitan el desgaste de los últimos kilómetros.

Después quedaba lo básico: agua, medalla, una foto para recordar la cara real de alguien que acaba de cerrar una carrera dura y volver andando al hotel. La tarde fue de recuperación sin teatro. El lunes había una excursión a Gozo y Comino, y mi cuerpo necesitaba exactamente eso: que el maratón dejara de ocuparlo todo por unas horas.

Mirando el resultado con calma, la carrera explica bastante bien mi momento. Venía de semanas sin la continuidad que exige un subcuatro y el día hizo más calor del que esperaba. Aun así, los primeros kilómetros fueron mejores de lo previsto y los últimos dejaron una lección conocida: una maratón no se negocia con una voluntad abstracta, se corre con lo que las piernas han acumulado. En Rio había hecho 3:55; en Frankfurt, 3:46. Aquellas dos referencias siguen ahí y me recuerdan que el objetivo no ha desaparecido. Pero Malta no era una comparación limpia con esos días. Era la carrera que necesitaba terminar, con la preparación posible y una historia demasiado larga detrás.

Vídeo · domingo: del hotel a la meta

DÍA 4 — GOZO Y COMINO

El lunes cambiamos por completo de ritmo. Salimos desde Sliema en barco; al alejarse se veían Valletta y sus fortificaciones desde el otro lado del agua. Gozo apareció como una isla más tranquila y más rural. Allí nos esperaba un autobús para dar una vuelta, dejarnos en Victoria y permitirnos comer y caminar sin prisa. Era justo lo que necesitaban las piernas: no milagros, sino otra atención.

La Cittadella, encima de Victoria, es el gran centro visual de Gozo. Su ubicación no es casual: fue fortaleza desde hace siglos y, durante mucho tiempo, los habitantes de la isla tenían incluso la obligación de pasar la noche dentro de sus muros para protegerse de ataques. Desde las murallas se entiende perfectamente la elección: se ve Gozo entero, los pueblos, las iglesias y las líneas del campo hasta el mar. Para nosotros fue una visita tranquila, pero las piedras conservan una historia mucho menos tranquila.

Subir allí después de correr un maratón era una manera muy civilizada de seguir moviéndose. Ni prisa ni objetivo deportivo: una plaza, una foto con Yoli, el aire moviendo el pelo y esa panorámica enorme que convierte la fatiga en una anécdota. En Gozo también pasamos junto a Ta’ Pinu, la basílica solitaria que parece plantada a propósito en mitad del paisaje rural. La iglesia actual se levantó en el siglo XX junto a una capilla anterior y se ha convertido en uno de los grandes lugares de peregrinación de la isla. No hace falta ser creyente para entender la fuerza del sitio: piedra, luz, campo y una torre que domina todo el encuadre.

Después volvimos al barco y pusimos rumbo a Comino. El Blue Lagoon no necesita demasiada presentación, pero sí conviene decirlo como es: no es una playa escondida ni un secreto mediterráneo. Es una bahía pequeña, intensamente turquesa, con roca clara, embarcaciones entrando y saliendo y mucha gente alrededor. Precisamente por eso tiene un efecto tan inmediato. El agua parece irreal, y el contraste con la piedra seca y baja de la isla hace que uno entienda por qué todo el mundo quiere bajar allí.

Nos quedamos alrededor de una hora y media. Yoli se bañó; yo, después de 42 kilómetros el día anterior y con el agua bastante fresca, decidí que mirar también era una forma muy válida de disfrutar. Dimos un paseo, hicimos fotos y dejamos que la excursión hiciera lo que mejor hacen los viajes buenos: desplazar la atención. La medalla estaba conmigo, pero no para presumir de ella. Era una manera de cerrar el domingo sin que el domingo se comiera el resto del viaje.

La vuelta fue por San Julián, una Malta distinta de la que habíamos visto por la mañana: marina, hoteles grandes, más dinero a la vista y un ritmo de noche que Sliema no tiene igual. Cenamos en el Blue Elephant, un restaurante indonesio lleno de plantas, madera y agua. No fue una cena más, sino la gran cena del viaje, un homenaje que nos dimos para celebrar ese maratón número 40 y el amor que sentimos el uno por el otro. Es la celebración y la constatación de que la vida puede ser maravillosa si la vives al lado de la persona que amas.

Vídeo · lunes: Gozo y Comino

DÍA 5 — REGRESO

El martes no había que inventar una gran última aventura. Madrugamos muchísimo para ver salir el sol, desayunamos, recogimos con calma y aprovechamos las últimas horas sin convertirlas en una lista de pendientes. Ese amanecer sobre la bahía tuvo algo de regalo final: no era la luz de la salida del maratón, ni una imagen de Gozo, ni la noche de San Julián. Era otro día, el de volver, y por eso tiene sentido guardarlo aquí.

El sol fue apareciendo sobre el mar con la lentitud que no tuvo el fin de semana. Primero la costa de Sliema todavía en penumbra; después, la línea naranja reflejada en el agua y el barco recortado contra la luz. Son tres momentos del mismo amanecer y por eso van aquí, en el regreso: no son una postal intercambiable de Malta, sino el cierre exacto de los días que habíamos vivido.

Al aeropuerto fuimos en el bus directo desde Sliema. A la llegada habíamos escogido Bolt porque queríamos llegar pronto; para regresar, con más margen y el viaje ya digerido, el bus era perfecto. Por unos pocos euros te resuelve una última logística sin drama. Me gustan esos finales sin épica impostada: una maleta, un trayecto conocido, el cansancio agradable de haber aprovechado cada día y la cabeza ya empezando a ordenar las fotos.

Antes de salir todavía hubo tiempo para el último café, para mirar una vez más el perfil de Valletta desde el otro lado de la bahía y para comprobar que las postales de la llegada ya no eran exactamente las mismas. Al principio del viaje Sliema era la base práctica desde la que organizarlo todo; al final era el lugar donde había acabado un maratón, empezado una excursión y donde tocaba despedirse. Esa es la ventaja de quedarse varios días: los sitios dejan de ser un fondo y empiezan a tener memoria.

Malta fue una maravilla por muchas razones, pero la principal tiene nombre. Correrla con Yoli le dio al viaje otra dimensión: ella animando, acompañando, haciendo fotos, compartiendo la excursión y dejando que el maratón fuera importante sin permitir que fuera lo único importante. Ojalá pudiera venir siempre; la economía y los calendarios no lo ponen fácil. Precisamente por eso, cuando ocurre, se nota tanto.

El Malta Marathon quedó resuelto. No fue mi carrera más rápida y no fue el subcuatro que sigo buscando, pero fue una carrera terminada cuando había razones de sobra para rendirse. Fue el 39. Y, al terminarla, ya se empezó a asomar el número 40: Pekín.

Certificado oficial del Malta Marathon 2026

NO RETREAT NO SURRENDER

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